San Vicente de Paúl y Andrés Coindre. Vidas Paralelas III

Una mirada a la historia

SAN VICENTE DE PAÚL Y ANDRÉS COINDRE. VIDAS PARALELAS (III)

LA HEREJÍA. SAN VICENTE DE PAÚL CONTRA EL JANSENISMO.

En el fresco Las tentaciones de Cristo de Botticelli, que se encuentra en la Capilla Sixtina, aparece el diablo en escenarios sucesivos tentando a Dios Nuestro Señor.  La técnica de la pintura narrativa italiana del quattrocento permite describir toda la escena del capítulo cuarto del evangelio de San Mateo. Satanás se muestra disfrazado de anciano y santo peregrino, manto oscuro con capucha y un báculo que parece sostener su debilidad. Por debajo del manto asoman unas garras y unas alas que recuerdan a las arpías del Infierno de Dante. Las propuestas que hace el demonio a Jesús parecen del todo razonables. El primer fracaso llega cuando propone a un Jesús hambriento que convierta las piedras en pan. Tampoco tiene éxito en la cúspide del templo. Solo cuando se siente vencido, cuando ve que no hay vuelta de hoja, cuando es consciente de que su poder se ha acabado porque “al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás”, solo entonces arroja el manto y el báculo y enseña su horrenda figura mientras se despeña desde la cima del monte.

La herejía es un asunto del diablo. Pero raras veces enseña los cuernos, la cola y sus uñas carroñeras. Se trata de no asustar a los bien pensantes que creen estar ante un movimiento renovador o modernizador de la Iglesia. Lo único que puede detener la herejía son los hombres santos que, con la ayuda de la gracia de Dios, se dan cuenta de que las nuevas doctrinas comprometen su fe y su propia existencia. Estos hombres son explícitamente conscientes de que algunos de sus contemporáneos han comenzado a fabricar ídolos que los alejan cada vez más del mensaje del evangelio. No es fácil. Muchas veces se necesita una intuición especial para ponerse a nadar contra corriente y grandes dosis de energía para aguantar los embates de los enemigos.

San Vicente de Paúl y nuestro Padre Coindre fueron explícitamente conscientes de la herejía de su tiempo. Tuvieron la valentía de enfrentarse a situaciones en las que muchos cristianos de su época se encontraban cómodos. Abandonaron una posición privilegiada para defender de palabra y de obra la verdadera esencia del evangelio ante los que habían encontrado caminos, al parecer más razonables, para vivir su fe. San Vicente de Paúl fue el campeón de la lucha contra el jansenismo. El Padre Coindre tuvo una lucidez excepcional para darse cuenta de que el pensamiento ilustrado, había tratado de borrar a Dios del horizonte vital de los hombres.

El jansenismo toma su nombre de Cornelio Jansenio, obispo de la ciudad flamenca de Ypres.  Podemos decir que Corneille Jansen, como reza su nombre original, nunca fue jansenista en el sentido heterodoxo del término. Había muerto en 1638 declarando su amor y sumisión a la doctrina de la Iglesia. Dos años después de su muerte se publica en Lovaina Augustinus, obra de Jansenio que propone una lectura muy estricta de la teoría de San Agustín sobre la gracia divina. El promotor de la publicación fue Jean Duvergier, natural de Bayona, abad de la abadía francesa de Saint Cyran, amigo y compañero de estudios de Jansenio. Saint Cyran, como pasará a ser conocido en la historia, es el principal impulsor y propagador del jansenismo.

El hombre está predestinado desde su nacimiento a la salvación o a la condenación. Por tanto, hay hombres que reciben una gracia eficaz para salvarse y otros que no. La contribución que puede prestar el hombre a su propia salvación es prácticamente inapreciable. Dios es soberano para decidir qué hombres se salvan. Para comparecer ante Dios en la eucaristía es necesario estar totalmente libre de impurezas, por eso en la mayoría de las comuniones que se realizan en las iglesias Dios no recibe más que ultrajes y ofensas. Lo mejor es espaciar el tiempo para recibir la comunión y, si es posible, retrasarla hasta el momento de la muerte, cuando uno esté seguro de que se presenta ante Dios con total pureza. De la misma manera, es absurdo que se absuelva a los que se acercan al confesionario antes de que hayan cumplido con la penitencia que se les ha impuesto. Y si la penitencia quiere ser proporcionada a las faltas cometidas, la reparación puede durar semanas o años.

Estos son alguno de los argumentos que sostenían los jansenistas. Se consideraban discípulos fieles del mensaje de San Agustín y no se reconocían, en manera alguna, como heterodoxos. Se declaraban católicos en el más alto grado de pureza. Tenían su bastión en la famosa abadía de Port Royal y a Blas Pascal como el más firme defensor de la causa. Los jesuitas se convirtieron en los principales enemigos, a los que acusaban de favorecer la aparición de una moral laxa que iba a conducir a la Iglesia a la más absoluta ruina espiritual.

San Vicente de Paul y el abad de Saint Cyran eran casi paisanos. Saint Cyran era de Bayona, como hemos dicho, y el de Paúl procedía de las vecinas Landas de Gascuña. Se conocieron en 1624 en casa del fundador del Oratorio, el cardenal Bérulle que era amigo de ambos. Surgió entre el abad y el fundador una profunda amistad que solo se rompió años después, cuando Saint Cyran empezó a recorrer el camino de la heterodoxia. San Vicente se opuso decididamente a las nuevas doctrinas.

Él fue el principal impulsor de la apelación a Roma en contra del jansenismo. También apoyó moral y materialmente a quienes defendieron la ortodoxia en la sede romana. Aprovechando el ascendiente que tenía sobre muchos obispos franceses, les rogó que se sumaran a la súplica dirigida al Papa Inocencio X para que condenara las tesis jansenistas, como finalmente sucedió en 1653 con la bula Cum Occassione.

Para San Vicente, la lucha contra el jansenismo es una cuestión absolutamente vital. No abandona sus tareas para luchar contra la herejía. Lucha contra la herejía porque es absolutamente contraria a lo que él considera la vivencia cristiana. Lucha porque si no, su vida y toda su obra se desmoronan. Las misiones en las que los campesinos encuentran consuelo espiritual no tienen ningún sentido si es preciso esperar semanas e incluso meses para recibir la absolución. El trabajo de sus sacerdotes de la Congregación de la Misión es inútil. La caridad de sus Hijas tampoco tiene ya sustento teológico. El amor universal de Dios que extiende su misericordia a todos los hombres por medio de Jesucristo se transforma en un plan de salvación donde gran parte de la humanidad queda excluida desde el principio.

Vicente da un paso adelante porque siente la necesidad de desenmascarar al diablo que, como el de Botticelli, se había ocultado bajo los hábitos de la ascesis y la pureza. Declara que está dispuesto a dar la vida para defender la verdad de la fe. A pesar de ello el jansenismo seguirá presente en la vida de Francia, convirtiéndose más de 100 años después en el germen de la Iglesia constitucional francesa, la iglesia de la constitución civil de clero, la Iglesia de la revolución.

Una iglesia y una jerarquía dividida entre los juramentados y los refractarios. Esta es la situación que encuentra el Padre Coindre en sus primeros años de seminario. Él también tendrá que hacer frente a otra forma de herejía, quizás la más terrible: la increencia.

 


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