Abrirse a la vida

 

Me han invitado muy amablemente a escribir unas líneas sobre las diferentes facetas – espiritualidad, comunidad, apostolado- de la vida del Hermano del Sagrado Corazón y aquí me encuentro intentando plasmar algunas ideas que hagan referencia a la invitación cursada.

Somos creyentes; pensamos y creemos que los designios de Dios nos van guiando por los caminos que Él conoce respetando por supuesto lo más grande que disponemos en nuestra vida: la libertad. A lo largo de los días y los años nos vamos dejando llevar sin pensar demasiado en lo que Dios nos va deparando. Cuando surge alguna encrucijada, más o menos inesperada, es cuando elegimos los senderos de Dios o nuestros gustos porque Él invita, propone, pero nos deja elegir.

Quizás mi vida de Hermano del Sagrado Corazón comenzó, sin saberlo, desde el momento de mi nacimiento que por decirlo de alguna manera fue casi un milagro. Corría el año 1936, mis padres vivían en San Sebastián y la ciudad estaba tomada por lo que se ha llamado la izquierda, los rojos; mi padre ferviente católico tenía el carnet de la Comunión Tradicionalista; recuerdo muy bien haber visto de muy pequeño dicho carnet (luego se convertirían en el bando llamado Requeté, pero mi padre no siguió ya ese camino).

Era también director del periódico, tradicionalista, por supuesto, “La Constancia”; no creo que fuera una tirada diaria sino más bien semanal. He tratado de encontrar algún recuerdo, algún ejemplar de ese periódico, pero no he encontrado nada.

Y llegó el día de la Virgen de agosto, el día 15, fecha muy celebrada desde siempre en San Sebastián, aunque en aquellos meses los cultos estaban suspendidos y las reuniones de los católicos se parecían bastante a las catacumbas de los primeros cristianos. Mi padre después de comer fue a visitar a su suegra (la que sería mi abuela) mientras mi madre se quedaba en casa con mis dos hermanos de cuatro años y de uno.

Al poco de salir, llegaron a mi casa cuatro milicianos bien armados buscando a mi padre; al no encontrarlo después de revolver toda la casa y coger todo lo que les pareció bien se quedaron esperando que mi padre volviera. Y aquí viene el casi “milagro”: mi padre no volvía porque se había desatado una tormenta acompañada de rayos, truenos y una lluvia imponente. Mi padre esperaba que pasara la tormenta en el portal de mi abuela y los milicianos en mi casa. Cuando paró la lluvia mi padre vino ya hacia casa, – mi abuela vivía cerca-, mientras los milicianos   decidieron marcharse. En mi casa había ascensor, pero entonces se usaba solamente para subir; mientras mi padre subía en el ascensor los milicianos bajaban por las escaleras. Cuando mi padre entró en casa se enteró que acababan de marcharse los que le buscaban probablemente para “darle un paseo” como se decía entonces; aún se oían sus voces por las escaleras. Y así es como pude venir a este mundo en una familia muy cristiana, de unos padres fervorosos y comprometidos, un año después, el 23 de agosto de 1937.

Desde muy pequeño he vivido la devoción al Sagrado Corazón; quizás mis primeros recuerdos se remonten a los cuatro o cinco años. En mi casa estaba entronizado el Corazón de Jesús; lo atestiguaba una placa en la puerta, era costumbre de entonces y aparecía en muchas puertas. Teníamos en el salón principal una estatua de las clásicas, y que todavía se ven, el Corazón de Jesús sentado en un trono. Antes de cenar y después de rezar el rosario nos arrodillábamos ante la estatua y repetíamos una jaculatoria cuya segunda parte no la he vuelto a escuchar: Sagrado Corazón en Vos confío, “porque creo en vuestro amor para conmigo”.

A los seis años empecé en el Colegio del Sagrado Corazón de la calle Sánchez Toca y como es natural me encontré nuevamente con el Sagrado Corazón cuya estatua presidía el espacioso hall de entrada y había sido fusilada por los milicianos en septiembre de 1936 cuando abandonaron el Colegio en el que se habían asentado desde julio del mismo año; dicha estatua ahora se encuentra en el salón-capilla de Mundaiz. Y además de la estatua me encontré, desde pequeño, con el Ofrecimiento de obras que rezábamos todas las mañanas, los primeros viernes de mes y la fiesta del Sagrado Corazón con la procesión incluida a la que entonces asistía todo el Colegio, grandes y pequeños. No faltaba tampoco la devoción a María con la celebración de la Eucaristía los primeros sábados de mes y el canto de la Salve con todos los alumnos reunidos en el amplio hall todos los sábados del año.

Cuando estaba acabando el curso en Párvulos llegó el día de mi Primera Comunión; nos preparaban durante un mes seguido empleando unas escenas evangélicas impresas a todo color en unos cartones bastante grandes; guardo de manera especial el recuerdo de la parábola del hijo pródigo. Creo que eran impresiones hechas en Francia; encontré unos cartones idénticos cuando ingresé en Rentería; durante muchos años estuvieron colgados en las escaleras. Desde que recibí la Comunión por vez primera he recibido muchas comuniones; quizás debería estar tocando las cimas de la santidad, pero no creo. Sí que esa presencia diaria de Dios me ha ayudado para poder decir hasta ahora: “aquí estoy, Señor”.

Y aparece la primera encrucijada. Con nueve años cursaba lo que se llamaba entonces Ingreso. Durante el año escolar se preparaba a los alumnos para entrar en el Bachillerato después del examen de Ingreso; consistía en un dictado y unas cuantas operaciones aritméticas. Los que aprobaban pasaban a Bachiller y los que no, debían presentarse en setiembre a repetir el examen.

Algunos alumnos no querían   estudiar Bachiller y pasaban a una clase que se llamaba Comercio. Por eso hacia final de curso el profesor preguntaba por lista a cada alumno sobre su futuro para el año siguiente. Casi todos contestaban “Bachiller”, alguno decía “Comercio” y yo ante el asombro general, incluido el del profesor, contesté que me iba a ir al “Seminario”. Tan en serio lo dije que cuando llegó el día del examen de Ingreso yo no me presenté.

No me preocupé de más; supongo que el Director hablaría con mi madre y comencé 1º de Bachiller sin haber hecho el examen de Ingreso ni en junio ni en septiembre; ningún compañero me preguntó nada ni nadie me comentó nada; seguí con mis amigos de siempre como si tal cosa. Mi madre quería a toda costa, como es natural, que hiciera bachiller; mi entrada en el Seminario la dejamos para más tarde, pero yo seguía con mi idea. ¿Quién pudo poner esa idea en la cabeza y en la voluntad de un crío de 9 años?

Llegó la segunda encrucijada: estaba ya terminando 2º de Bachiller, tenía 11 años, y el profesor de la clase, el Hno. Prudencio, así se llamaba entonces el Hno. Alberto González, me preguntó si querría ser Hermano; le dije que iba a entrar en el Seminario. Me habló en varias ocasiones sobre la vida de los Hermanos, los Colegios de América, las misiones de África, me hablaba “del ciento por uno” … y si no me gustaría probar en el Seminario de Rentería. Recuerdo que le contesté que me daba igual, que lo que quería era entregarme a Dios para luego poder hacer el bien a los demás.

Aunque a mi madre no le hizo demasiada gracia, con la exigencia de que seguiría cursando el bachiller, dejando mis vacaciones de verano recién empezadas y a mi madre con la que estaba realmente encariñado (mi padre falleció cuando tenía seis años), a mis once años entré en el seminario de Rentería el 2 de julio de 1949. Y por supuesto que allí encontré al Corazón de Jesús de mis once años.

Hno. Luis María

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