Mi vida en el Centro intercomunitario Cuatro Estaciones.

El hermano Jean Kidd comparte con nosotros su estadía en el Centro Intercomunitario Cuatro Estaciones

“¡Es aquí que comenzaréis a sembrar las semillas de vuestro futuro! ¡Crezcamos juntos al ritmo de las estaciones!”

Después de cincuenta años de vida religiosa, uno puede comenzar a creer ya lo ha conocido todo, pero la vida cotidiana nos lleva por otros caminos y nuevas estaciones se anuncian.  Luego de varios años de vida en Nueva Caledonia y en Haití, en un momento no muy bueno para mí, el superior provincial de entonces, el hermano Gastón Lavoie, en una actitud muy comprensiva, me propone vivir un año en el Centro Intercomunitario Cuatro Estaciones. Termino aceptando, pero  con reticencia.

Me lanzo en esta nueva aventura con el deseo de dar todo de mí en esta experiencia. Creo que mi audacia y mi entusiasmo me van a aportar mucho. Me proponen  vivir en un grupo de cuarenta y ocho religiosas y religiosos  de diecisiete países diferentes  y treinta y cinco comunidades religiosas.  Todo está muy bien organizado y me siento extraordinariamente bien recibido, es como si nos conociéramos desde hace varios años y la vida se abre hacia el camino de las cuatro estaciones.

Nos repitieron hasta el cansancio: “¡Ustedes están aquí por ustedes mismos!”. Lo que viví en el Centro Cuatro Estaciones fue único y muy beneficioso para mi vida desde diversos puntos de vista.  Disfruté mucho de estos siete meses de formación y lo digo sin pretensión de transformación. El futuro lo dirá.

En primer lugar la vida comunitaria me ofreció la gracia de poder compartir con personas de culturas diferentes y con una experiencia de vida religiosa muy diferente a la mía. Eso me llevó a vivir momentos intensos de reciprocidad y de amistad compartiendo todo aquello que entrelaza  nuestras vidas  al seguir a Jesús. Es bueno ver cómo se vive en otras comunidades religiosas. Eso me permitió superar mis pretensiones, profundizar mi compromiso con la comunidad y comprender qué es lo esencial en mi vida: caminar en la fe y en el amor siguiendo a Jesús.  La vida en el Centro Intercomunitario está marcada por la camaradería en una atmósfera de alegría y de vida.

Tuve acceso a diversos cursos que se inscribían en un enfoque existencial humanista pero respetando nuestro compromiso con la vida religiosa. El programa incluía cuatro dimensiones de la vida humana:  lo físico, lo psicológico, lo social y lo espiritual.  A través de estos aspectos puede percibir una misma idea, una misma pedagogía que nos conducía a un mayor conocimiento, a una mayor conciencia y transformación de sí mismo.  En el curso de comunicación interpersonal aprendí mucho sobre el relacionamiento  con los demás.  Recibí herramientas para decirme a mí mismo y para escuchar al otro.  Además, en el curso sobre el conocimiento de sí mismo y cómo vivir el estrés, descubrí  nuevas formas de vivir mi vida cotidiana en  paz y alegría.  Los cursos de los viernes estaban dedicados a un estudio profundo de la Palabra de Dios:  Voz de mujeres, caminos de Dios.  La fecundidad de la mujer es el espacio de transmisión de la alianza de Dios con la humanidad. Esto destruyó muchos de mis preconceptos   y me permitió familiarizarme con una lectura simbólica de los textos bíblicos.  También el ejercicio físico ocupaba un lugar importante en nuestra vida en los cursos de aquafitness y relajaciónAproveché para adelgazar algunos kilos y volver a ponerme en forma. Podría agregar otros momentos compartidos como los ejercicios de vida cotidiana, el compartir la Palabra y las actividades comunitarias.  Los encuentros con una acompañante espiritual y un acompañante psicológico fueron determinantes en mi camino.  Creo que los momentos compartidos con estas dos personas experimentadas fueron una bendición para mí en el plano de mi relación con Dios, con los demás y conmigo mismo.

He vivido un maravilloso año de renovación que me ha ayudado a recomponerme y me ha dado herramientas para mi vida en el seguimiento de Jesús. Estoy muy agradecido al hermano Donald y su consejo por haberme permitido vivir esta experiencia.  También debo agradecer  a mi comunidad de Ste Foy por su solidaridad en la oración y en la comunión.

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