San Vicente de Paúl y Andrés Coindre. Vidas paralelas (II)

EL FUEGO

En  el panegírico dedicado a San Vicente de Paúl que ha llegado hasta nosotros como manuscrito 162, Andrés Coindre describe las características de lo que él llama “obrero evangélico”. Dice nuestro fundador, entre otras cosas, que un obrero evangélico es un fuego divino que  abrasa todo lo que toca y que, a pesar de su poder, no se deja ensombrecer por la soberbia.

San Vicente de Paúl es el apóstol incansable de los pobres. La actividad evangélica de sus 80 años fue extraordinaria. En 1625 funda la Congregación de la Misión, religiosos a los que hoy conocemos como paúles, vicencianos, vicentinos o lazaristas. El primer carisma de la Congregación fue la evangelización de los campesinos, que en aquellos tiempos estaban muy abandonados. San Vicente se da cuenta de que si sus sacerdotes no están bien formados su acción misionera será poco fructífera. Así que dedica mucho tiempo a la formación de sus sacerdotes y al establecimiento de seminarios diocesanos.

Funda también, junto a Santa Luisa Marillac, las Hijas de la Caridad. El origen de las religiosas está en una organización femenina de ayuda a los pobres que se llamaba la Fraternidad de la Caridad. «Amar a los pobres y honrarlos como honrarían al propio Cristo» es la misión a la que se encomiendan las jóvenes que se reúnen en la casa de Luisa de Marillac. Al principio no tienen conciencia siquiera de estar fundando una nueva congregación. No piden autorizaciones civiles ni eclesiásticas porque la caridad no necesita permisos.

La actividad del santo es incansable y a lo largo de su vida tiene tiempo para ocuparse personalmente de condenados a galeras, soldados heridos y enfermos, ancianos desamparados, niños pobres, esclavos, mendigos y todo aquel que tiene la dicha de acercarse al santo para ver el rostro misericordioso de Dios. El capítulo cuarenta y cinco de la biografía de Abelly comienza con estas palabras: “La caridad del Sr. Vicente se parecía al fuego, que siempre está en acción cuando encuentra materia propia; o mejor, estaba animada y abrasada por el fuego celestial que Jesús vino a traer al mundo, y que pone a los corazones en continua disposición de trabajar por la gloria de Dios y por la salvación de las almas”. San Vicente es fuego.

Andrés Coindre sólo vivió 39 años. Desarrolló su obra evangélica desde 1812, año en el que es ordenado sacerdote, hasta 1826, el año de su muerte. Catorce años de una actividad infatigable. Funda junto a Santa Claudine Thévenet las Religiosas de Jesús María, procedentes de una asociación de damas caritativas que ellos mismos habían fundado en 1816 y que tiene por nombre la Pía Unión del Sagrado Corazón de Jesús. Los inicios de la obra no pueden ser más humildes y desesperanzadores. Aquella noche del 5 de octubre de 1818 en Pierres-Plantées sólo estaban la viuda Ferrand, Juana Burty con su telar, una huérfana y Claudine. La propia Claudine dice que le parecía que se había comprometido en una empresa loca presuntuosa y que, considerando todas las circunstancias, la obra estaba llamada al fracaso. Pero también estaba el Señor que bendice a los humildes y funda proyectos en pobres manos abiertas.

Atendiendo a la llamada de los niños y jóvenes pobres y sin esperanza Andrés Coindre establece una providencia para atender a niños y jóvenes presos, vagabundos y abandonados. Esta providencia, que después tomará el nombre de Pieux Secours, es el germen de la congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón. Los primeros colaboradores de Andrés tampoco parecen ser capaces de superar una selección de personal medianamente rigurosa. Antonio Ghenton rechaza la invitación de Coindre para hacerse religioso y deja de trabajar en tareas educativas para orientar su futuro en una imprenta lionesa. Guillermo Arnaud, nuestro hermano Xavier, es un joven voluntarioso y decidido, un verdadero hombre de fe que responde a la llamada de Dios. Pero visto desde fuera, diríamos que no estaba lo suficientemente formado para ser el primer hermano de una congregación destinada a la educación de los jóvenes. Otra vez los renglones torcidos de Dios.

Sin posibilidad de permanecer en sus propias fundaciones, el Padre Coindre sigue extendiendo el fuego de la palabra de Dios en las zonas rurales de los departamentos próximos a Lyon. A instancias de Monseñor de Salamon, un superviviente milagroso de las purgas contra católicos de la Revolución francesa que él mismo describe en un relato escalofriante, funda los Misioneros del Sagrado Corazón de Monistrol. Además, su actividad apostólica le lleva a visitar las prisiones, ofrecer trabajo y escuela a niños pobres, cuidar enfermos y derramar fama de santidad entre todos los que tuvieron la fortuna de conocerle. En las primeras reglas que da a los Hermanos del Sagrado Corazón les dice que recuerden a menudo las palabras de Jesús, “He venido a traer fuego a la tierra y no desea sino que arda”. Y añade: “Procurarán que este fuego prenda en todos los corazones, después de habérselo incorporado ellos mismos del Corazón Sagrado de Jesucristo”. El Padre Coindre se ha llenado del fuego de Dios. El Padre Coindre es fuego.

Si Dios nuestro señor buscaba hombres capaces de extender el fuego de su amor, aquí encontró a dos pirómanos. Dos sacerdotes a los que separan 200 años de historia. Es más que probable que Andrés se inspirara en Vicente para desarrollar su obra apostólica. En los dos, el impulso proviene de la misma fuente. El fuego inagotable de la palabra de Dios que es capaz de incendiar el corazón. Y una vez que se desata este fuego ya no hay fuerza humana capaz de detenerlo.

H. Javier Marquínez

 

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