La devoción al Sagrado Corazón II

AMETUR COR JESU

La devoción al Sagrado Corazón (2)

El Sagrado Corazón y la Cruz

La devoción al Sagrado Corazón, que configura nuestra espiritualidad apostólica (una espiritualidad que tiene como centro la misión), es inseparable de la cruz de Cristo; es más, tiene su origen en la Cruz: misterio de anonadamiento del Dios cristiano, que se “oculta” en ella para revelarnos las entrañas de su corazón: su solidaridad, cercanía y amor radicales hacia la criatura sufriente, con quien se identifica en el dolor (compasión).

Rastreando las fuentes espirituales del P. André Coindre encontramos esta unidad indisoluble.

  1. El P. Coindre fue solicitado a participar en el proyecto apostólico de la Sociedad misionera de los Padres de la Cruz, conocidos como los misioneros de la Cartuja (por tener su residencia en este antiguo monasterio que fue recuperado por el obispo de Lyon después de su desamortización y expulsión de los cartujos).

La misión de estos padres consistió en un movimiento de recristianización de Francia, un país que, tras la Revolución francesa, había sufrido la persecución religiosa por parte de un estado totalitario enemigo de la Cruz de Cristo y de lo que esto significa. Por eso el deseo de estos padres era volver la mirada de los hombres a Dios, que nos revela y regala su amor infinito en la cruz de Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.

“El mundo, liberado por la cruz, espera nuestros esfuerzos para que se realice el proyecto del Padre” (RdV 16)

Los escritos y homilías del P. Coindre certifican su devoción y cercanía a la cruz de Jesús. De esta mirada contemplativa hacia la cruz brota su identificación progresiva con la espiritualidad que mejor ha expresado en la historia de la Iglesia el misterio del amor infinito de un Dios humanado y traspasado por la lanza de un soldado, según las palabras del testigo de la primera hora (San Juan): “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,28).

  1. Quizá también la Cartuja y su divisa (“la cruz permanece en pie, mientras el mundo da vueltas”) pudiera haber cautivado el corazón del joven Andrés, que vería en esta sentencia una demostración de los graves acontecimientos sociales, políticos y religiosos que vivía la sociedad del siglo XIX en pleno proceso de secularización. Aunque el mundo se tambalee y los acontecimientos nos superen, hay un lugar “teologal” al que siempre podemos dirigir la mirada para encontrar refugio, sanación y salvación: la Cruz de Cristo.

“Venid a mí todos los cansados y agobiados, que yo seré vuestro descanso” (Mt 11)

  1. Por último, es lógico considerar la influencia que los Padres de la Fe (jesuitas) pudieron ejercer, como formadores, sobre el joven seminarista Coindre en el seminario de San Ireneo. La espiritualidad ignaciana es cristocéntrica y propone el seguimiento de un Cristo pobre y humilde hasta la cruz. Asimismo, los jesuitas fueron los grandes propagadores de la devoción al Sagrado Corazón en el siglo XIX, una devoción muy popular que impregnó la vida espiritual de los fieles.

Creo que esta identificación tan clara entre la Cruz de Cristo y el corazón traspasado de un hombre que en ella muere, un hombre en el que habita la plenitud de la divinidad, explica la insistencia del P. Coindre en que todas sus fundaciones estuvieran bajo el nombre del Sagrado Corazón. Para él, el misterio de la cruz es el misterio del Corazón de Dios, manifestado en el Sagrado Corazón.

CONCLUSIONES:

–  Si alguien piensa que la devoción al Sagrado Corazón es espiritualista, intimista y alejada de la realidad o de nuestro tiempo es que no la comprende suficientemente.

Un amor que no brota de la cruz es un amor débil. De igual manera, cuando la devoción al Sagrado Corazón se aleja de la cruz, se debilita, se disuelve, se espiritualiza.

“Nuestra espiritualidad brota de la contemplación de Cristo, cuyo corazón abierto significa y manifiesta el amor infinito de Dios a los hombres” (RdV 14). Su corazón abierto es inseparable de su cuerpo humillado, golpeado y crucificado. Nuestra mirada es al Corazón crucificado. Una mirada que fortalece, que nos empodera, porque el aparente silencio de la cruz esconde una revelación: el amor es más fuerte que el mal y la muerte.

¿Sientes esta fuerza cuando miras a la Cruz, cuando tu mirada se clava en el costado abierto de Jesús?

–  En la cruz se manifiesta un rostro distinto de Dios, que cuestiona nuestras imágenes sobre El: un Dios débil y sin-poder que, apuesta por lo débil para salvar al hombre, que renuncia al poder para oponerse al mal. Esta “impotencia” de Dios hace que el sufrimiento pueda ser lugar de encuentro con El, porque nos revela que “el dolor del mundo está en las entrañas de Dios”. En esto radica su omnipotencia: en el poder de su amor. ¿Qué prefieres, un Dios omnipotente incapaz de amar o un Dios sufriente digno de ser amado?  Este es el Sagrado Corazón, manso y humilde, a quien hemos consagrado nuestra existencia y a quien pedimos un corazón semejante al suyo: solidario hasta la muerte con los que sufren.

Hno. Carlos Almaraz

 

Ver La devoción al Sagrado Corazón I

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