La devoción al Sagrado Corazón III

AMETUR COR JESU

La devoción al Sagrado Corazón (3)

DESDE EL CORAZÓN

 

Seguimos buceando en la devoción al Sagrado Corazón y al escribir esta sección me mueve un objetivo: revitalizar nuestro legado de familia y vivir en términos de espiritualidad nuestra devoción al Corazón de Cristo. De hecho, esta devoción puede y debe incorporar a nuestra espiritualidad apostólica un elemento que humanice aún más, si cabe, el único camino que tenemos para acceder a la experiencia de Dios: la persona de Jesucristo. Este elemento es el corazón.

El corazón es una palabra primordial, palabra-fuente: proto-palabra. Una de esas palabras que sobrecogen, llevándonos hasta lo más profundo del misterio personal (y divino). El corazón guarda los secretos más profundos de la persona, lo dice todo de la persona: revela nuestra personalidad. El P. Coindre afirma que “es el corazón el que hace al hombre”. Por eso, “si queremos, hoy, hablar del Corazón de Cristo, paradójicamente debemos dar una primordial importancia al corazón del hombre. Debemos, de nuevo, introducir en el campo teológico y pastoral la noción de corazón” (Mauice Gaidon)

Repasemos las expresiones que vinculamos a la palabra corazón y que, normalmente, vienen precedidas de una preposición: de corazón, desde el corazón, con corazón, según el corazón, tras el corazón…. A través de esta manera de hablar expresamos que el corazón es el cristal a través del cual miramos la vida.

Pues bien, si la espiritualidad es, igualmente, una mirada sobre el mundo- transformada por el Espíritu-, la espiritualidad del Sagrado Corazón sería una forma de verlo todo desde el Corazón de Cristo y de vivir en consonancia.  He aquí la clave: “desde” dónde vivimos, pensamos, decidimos y actuamos. Este “desde dónde” es más decisivo que el “porqué”, el “cómo” o el “para qué”. Porque es la fuente de la vida, es previo a todo lo demás.

Sólo cuando miramos la realidad “desde” el Corazón de Cristo podemos dar forma y contenido pedagógico y pastoral a esas expresiones con las que tanto nos identificamos, y superar la ambigüedad de la “c” mayúscula o minúscula:

  • “Educar desde el corazón” (que, a la vez, es nuestra misión): educar desde esa referencia absoluta que es para nosotros la persona de Jesús. “Educar a la persona según el Corazón de Cristo” (Juan Pablo II. Audiencia con los HH del Sagrado Corazón)
  • “Poner el corazón en todo lo que hacemos”: poner a Dios amor en la vida de los hombres. Un amor liberador, sanador, humanizador… el que Jesús desencadenó con su presencia.
  • “Amar de corazón al hermano”: amar al estilo de Jesús, sin condiciones ni exigencias, gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Amar porque sí.
  • “Ser hombres y mujeres de corazón”: personas que actúan desde la bondad primordial, que buscan la verdad y que difunden la belleza con su forma de vivir. Bondad, verdad y belleza que alcanzan su máximo exponente en la persona de Jesús.
  • “Hermanos del Sagrado Corazón”: nombre que expresa pertenencia e identidad. El Hermano pertenece a Cristo, a nadie más. Ser del Sagrado Corazón es dejar bien claro de quién no soy, porque Jesús es manso y humilde.

Conclusión: vivir desde el corazón, es decir, educar, trabajar, evangelizar, convivir, hablar, actuar, rezar, sufrir, esperar, pensar, descansar, jugar… desde el Corazón de Cristo, es la mejor manera de vivir en términos de espiritualidad nuestra devoción al Sagrado Corazón.

Enseñemos a nuestros alumnos a vivir así: a pasarlo todo por el corazón (después o antes o al mismo tiempo que lo pasamos por la cabeza); a vivir desde lo más profundo, desde la interioridad, las capas menos dañadas por el pecado; y a ver con el corazón, como nos enseñó Benedicto XVI: “un corazón que ve dónde hay necesidad y actúa en consecuencia”.

“Desde el corazón”: ésta puede ser una buena síntesis de nuestra espiritualidad.

A condición de que sea un corazón transformado por la gracia: que se alimenta de lectura orante de la Palabra, de la Eucaristía y del Perdón, de las relaciones fraternas y sinceras, de la compasión como actitud básica de la vida, del esfuerzo diario por ser sal y luz, etc. Es decir, un corazón semejante al de Cristo.

¡Jesús, manso y humilde, haz nuestro corazón semejante al tuyo!

(H. Carlos Almaraz)

 

 

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