La “devoción” al Sagrado Corazón (I)

“Nuestros fundadores nos dejaron en herencia la devoción al Sagrado Corazón” (RdV 112)

¿Es lo mismo espiritualidad que devoción? No. ¿Tendemos a confundirlas? Sí.

Espiritualidad es la manera de relacionarnos con Dios y el modo peculiar de seguir a Jesucristo según el carisma que el Espíritu concede a una persona y que puede hacer extensivo a una comunidad. Cada espiritualidad (benedictina, teresiana, dominicana, ignaciana, franciscana, claretiana…) normalmente lleva el nombre de la persona “tocada” por el Espíritu y subraya un aspecto de la infinita riqueza de la personalidad de Jesucristo, que ha cautivado la mirada del iniciador de esa espiritualidad. Este aspecto subrayado se convierte en camino de acceso a la experiencia de Dios y modo particular de seguimiento de Jesús. Así, la espiritualidad teresiana, ignaciana, agustiniana…

La devoción (religiosa) es la facilidad de ponerse en la presencia de Dios y de tener un encuentro personal e íntimo con él. Es un sentimiento o actitud de profundo respeto, veneración, atracción hacia la persona amada de Jesucristo –o algo o alguien que lo representa-, que conlleva la entrega confiada y generosa de la propia vida. Así, hablamos de la devoción a la Eucaristía, al rosario, a la Virgen, al Sagrado Corazón, a la Palabra… El contacto con estas realidades despierta profundos sentimientos religiosos que facilitan la experiencia mística de relación con Dios.

Vista esta diferencia, ¿cuál podríamos decir que es nuestra espiritualidad? Porque nuestra devoción la tenemos clara: la herencia recibida. Para “reconocer” nuestra espiritualidad no tenemos más remedio que acudir a nuestra Regla de Vida y a los escritos de los fundadores.

De entrada, no podemos hablar de una espiritualidad corazonista, o coindriana, sencillamente porque no la hay. El Instituto se alimentó de la espiritualidad apostólica que impregnó el celo misionero de las congregaciones nacidas en ese contexto histórico. La Regla dice que el Instituto nace del impulso “espiritual y apostólico” de los primeros hermanos (preámbulo).

¿En qué consiste esta espiritualidad apostólica? Quizá quien mejor lo ha definido ha sido San Ignacio: ser contemplativos en la acción. Es decir, buscar, hallar y unirse a Dios (mística) en las realidades humanas en las que nos encarnamos para hacer llegar el mensaje del Evangelio. En nuestro caso, la realidad escolar (y/o educativa). De hecho, esta realidad se convierte para un hermano en el verdadero altar donde ofrece cada día la ofrenda de su vida por la salvación de todos los hombres. Y en ese altar (la escuela) se funde con Jesús educador, signo privilegiado del “infinito amor con el que Dios ha marcado toda la historia de los hombres” (RdV 113)

De aquí brotan “el amor a nuestros hermanos y a los jóvenes que nos están confiados” (RdV 118), porque es un amor enraizado en el amor que Jesús nos tiene. Poco a poco vamos a arribando a la comprensión que tiene nuestra Regla de la espiritualidad del Instituto y del papel que juega en ella la devoción al Sagrado Corazón. Pero es un tema que dejamos para el siguiente Corazón de Cristo.

Carlos Almaraz

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