Andrés Coindre y la Educación VII: Los incentivos para aprender

“Al decidirme a hablar de la educación desde el púlpito, mi deseo no es tratarla desde el punto de vista literario y profano, sino únicamente bajo los aspectos religiosos y morales.

Aunque la religión, esta hija de la luz, no haya tenido nunca mayores enemigos que las tinieblas de la ignorancia y la tosquedad de los espíritus incultos; aunque nunca haya sido desgarrada por las turbulencias de las herejías, deshonrada por los mayores escándalos, asolada por las supersticiones más monstruosas, a no ser en el siglo en que el triunfo del espíritu humano era el más universal; aunque los siglos de talento le hayan proporcionado los más sublimes apologistas, los más célebres doctores, los más poderosos apóstoles en palabras y obras, yo sólo puedo animar hoy señalando a los cabezas de familia y a los maestros preclaros que hacen los mayores esfuerzos para cultivar el espíritu de la juventud y dar a las ciencias y a las letras el más brillante y vasto de los imperios.

Que los filósofos y retóricos os presenten las mayores recompensas que acompañan por doquier al hombre preclaro e instruido; que os lo muestren siempre dominando en el sacerdocio, en la espada y, en primer lugar, en la magistratura y el comercio; estos incentivos que halagan vuestra codicia y orgullo serán siempre lo bastante poderosos como para inspiraros los mayores sacrificios; también, hoy día, [a] la vista del celo que [impulsa] a los padres hacia la educación […] de sus hijos, tenemos [al] menos [ganas] de decirles: cultivad el espíritu de la juventud.”

[Manuscrito 59]

REFLEXIÓN:

 

Señalaremos tres ideas clave en estas palabras de Andrés Coindre. La primera la encontramos en la breve introducción, casi una justificación de por qué se anima a hablar él sobre la educación. Para Andrés Coindre el centro de la educación estaba en su dimensión más esencial, la que más contribuye a la formación personal, es decir, en “los aspectos religiosos y morales”.

 

La segunda idea está más escondida dentro del segundo párrafo, pero es fundamental. Más allá de todos los logros de la Iglesia y de sus grandes personalidades intelectuales, el Padre Coindre quiere animar y felicitar especialmente “a los cabeza de familia y a los maestros” por sus esfuerzos para “cultivar el espíritu de la juventud”. No se trata, entonces, de que los jóvenes tengan grandes testimonios de personajes distantes, sino de que tengan el apoyo cotidiano de sus padres y educadores.

 

En tercer lugar, nos propone aprovechar incluso los motivos más egoístas como impulso de la educación. Señala como, en todos los campos, las personas que más se destacan son las más instruidas. Y nos dice que ese reconocimiento y valoración de los demás son “incentivos que halagan vuestra codicia y orgullo”, y “serán siempre lo bastante poderosos como para inspiraros los mayores sacrificios” en la instrucción de los jóvenes.

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