Andrés Coindre y la Educación IV: Las primeras consignas

“¿Son jóvenes? Precisamente por eso, todo lo que oyen se imprime fácilmente en su espíritu y deja en él profundas huellas que casi ya no se pueden borrar. Semejante a recipientes nuevos, que conservan mucho tiempo el olor del primer licor depositado en ellos, el espíritu de la juventud lleva durante toda la vida la impronta de las primeras consignas que se le repitieron; éstas sólo se desarrollan y fortifican si echan, con el tiempo, profundas raíces, pasando pronto de la memoria y del espíritu al corazón; y, de ahí, imprimiéndose en sus hábitos mediante la práctica y la costumbre, llegan a ser para él una segunda naturaleza casi imposible de cambiar”.

[Manuscrito 56]

REFLEXIÓN SOBRE EL TEXTO:

 

Este cuarto texto que presentamos de Andrés Coindre referido a la educación es muy breve y sencillo. En una gran sintonía con el anterior (en el que nos invitaba a estar alertas a los mensajes que reciben los niños y a no subestimar su capacidad de captar lo que pasa en el ambiente), nos habla explícitamente de cómo influyen en los jóvenes las primeras ideas o doctrinas que aprenden.

 

Como educadores esta debe ser una preocupación muy importante, tanto si la miramos desde un lado positivo como de uno negativo: ¿Aprenden en nuestros centros los niños y jóvenes a creer en Dios y a sentirse protegidos? ¿Les decimos que su vida es un regalo de Dios y que sólo adquiere sentido si la entregan con generosidad? ¿Les formamos en una visión comunitaria y solidaria de la sociedad? La influencia en su vida será muy grande tanto si la respuesta a estas preguntas es positiva como negativa.

 

Es importante tener conciencia de que todos los docentes transmiten estas consignas o convicciones fundamentales para la vida, no sólo el profesor de formación religiosa. Es el testimonio continuo y cotidiano el que más llega y marca a los alumnos.

 

Pero Andrés Coindre termina refiriéndose a la necesidad de que el mismo joven asuma como propias esas consignas que ha escuchado de sus padres y educadores: “éstas sólo se desarrollan y fortifican si echan, con el tiempo, profundas raíces, pasando pronto de la memoria y del espíritu al corazón; y, de ahí, imprimiéndose en sus hábitos mediante la práctica y la costumbre”.

 

Tres pasos deben darse, pues, de acuerdo a este texto:

  1. Las consignas son recibidas por el espíritu (la inteligencia, la sensibilidad…) del joven y quedan guardadas en su memoria.
  2. De la memoria pasan al corazón, es decir a la dimensión más profunda de la persona, donde echan raíces.
  3. Y si se practican con constancia estas convicciones se manifestarán en sus acciones, llegando a ser una “segunda naturaleza” de la persona.
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