¡Día del Sagrado Corazón!

Para conmemorar esta fecha (la más significativa del año para los discípulos de Andrés Coindre) publicamos lo que él mismo escribió sobre el Sagrado Corazón:

 

 

 

[Manuscrito 30]

El Corazón de Jesús

 

La razón nos lo demuestra, la revelación lo confirma. Durante más de cuatro mil años, Dios no había cesado de crear y conservar a los hombres para ser amado por ellos; durante más de cuatro mil años, la tierra y los cielos no habían cesado de contar su gloria; y sin embargo la historia de esos cuatro mil años es la historia del olvido, de la indiferencia de los hombres para con su Creador. Hacía falta, pues, un medio más poderoso capaz de sacudir a todas las almas y dar energía a todos los corazones; y la revelación nos enseña que ese medio ha sido la encarnación del Verbo, que el amor de Dios hacia los hombres ha ido hasta el exceso de darles a su Hijo único. Sic enim Deus dilexit mundum ut Filium suum unigenitum daret

(Jn 3, 16).

 

¿Qué os diría yo de este amor de un Dios encarnado, para daros sobre él una idea verdadera y justa? ¿Os diría que este amor ha sido tan violento en Dios que aquél que, según la Escritura, es más alto que los cielos, más profundo que los abismos, que ve a todas las criaturas como una nadería, que aquél que reina en medio de una grandeza que nada puede ni igualar ni alcanzar, que se pierde hasta el infinito, ha salido de su vasta y profunda soledad, ha franqueado todas las regiones de espíritus celestiales para unirse a nuestra humanidad, para hacerse amable, para mostrarles que los amaba? Pero eso no es sino el primer paso de su amor, no es más que un presagio de lo que vendrá a continuación.

 

¿Qué os diría yo del amor de un Dios encarnado, para daros sobre él una idea verdadera y justa? ¿Os diría que se ha despojado ante nuestros ojos del brillo de su gloria, del resplandor de su potencia, de la amplitud de su inmensidad, de las prerrogativas de su eternidad y de su independencia para hacerse un niño desconocido, débil, sufriente, obediente, mortal? Sí, sin duda, ése es el estado al que el amor ha reducido al amable Jesús. Pero esto no es el amor de Jesús en toda su fuerza y extensión.

 

¿Qué diría yo del amor de un Dios encarnado, para daros sobre él una idea verdadera y justa? ¿Os lo representaría prodigando milagros, marcando sus pasos con sus beneficios, dando la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, la vida a los muertos? ¿Os lo representaría siendo su delicia el estar con los hombres, viniendo a salvar a los pecadores y no a perderlos, haciendo fluir en el corazón de la pecadora de Samaria un agua que brota hasta la vida eterna? ¿Os diría que perdonó a la mujer adúltera, que perdonó a la Magdalena todos sus pecados, que nombró jefe de su Iglesia a Pedro, que le había

negado tres veces? Sí, éstas son pruebas de su bondad y ternura; pero no es ni toda su bondad ni toda su ternura.

 

¿Qué os diría yo del amor de un Dios encarnado, para daros sobre él una idea verdadera y justa? ¿Os pintaría la ignominia de su pasión, los desgarros de su agonía, los horrores de su flagelación? ¿Descubriría ante vuestros ojos su cuerpo pálido y ensangrentado, su boca muda, sus ojos apagados, sus rasgos lívidos? Sí, éste es uno de los efectos del amor de Jesús sobre su cuerpo; pero aún no es el amor, las llamas de su sagrado Corazón.

 

¡Oh, Corazón divino de mi Jesús, Corazón santuario de la divinidad, que eres la dicha de los santos, Corazón cuyo amor lanza fuegos mil veces más ardientes, más resplandecientes que el sol!, ¿quién soy yo para atreverme a hablar de ti? ¿Quién podría representarte ardiendo continuamente de amor y no consumirse, muriendo de amor y no amarte sin cesar? ¡Oh, tesoro siempre abierto y siempre lleno, para hablar de ti haz fluir a raudales en nuestros corazones torrentes de llamas de amor! Y, ya que debo deciros una palabra sobre él, cristianos, imaginad reunidos los corazones de todas las madres que hayan existido desde siempre, los corazones de todos los santos que ven a Dios, de todos los serafines que le adoran y convenceos de que todos esos corazones de madres jamás podrán amar a sus hijos, todos esos corazones de elegidos jamás podrán amar a Dios como el Corazón de Jesús nos ha amado. Porque todos esos corazones aman sólo como criaturas que son, mientras que el Corazón de Jesús nos ha amado en Dios. ¡Y quién sino Dios podía amar a Judas hasta darle a beber su sangre y comer su carne! ¡Quién sino Dios podía amar a los judíos hasta rezar por sus verdugos! ¡Quién sino Dios podía morir por unos pecadores a quienes ni la misma muerte salvaría, ya que Jesús ha muerto por todos los hombres! Qui omnes homines vult salvos fieri (1 Tm 2, 4).

 

¡Oh, amor incomprensible del Corazón de Jesús, amor más fuerte que la muerte!, ya que tu muerte ha sido una muerte de amor, ¿cómo puede suceder que yo no te ame? Sí, puede ser, y precisamente por los que no aman al amor es por lo que su Corazón se ha apagado. Sí, digámoslo una vez más: el amor ha muerto por todos los hombres, por vosotros, hermanos míos, por mí, por todos los pecadores, por todos los impíos hasta el fin del mundo. Vult omnes salvos fieri.

 

Sí, cristianos pecadores; sí, impíos, si hubiese aquí alguno, aunque multiplicaseis vuestros crímenes y blasfemias, vivieseis en el olvido de las leyes de Dios y de la Iglesia, profanaseis vuestros cuerpos, perdieseis vuestras almas y las de vuestros hermanos por las que Jesús ha muerto, odiaseis incluso a ese Corazón sagrado que tanto os ha amado…, ¡aun así vuestro odio sería siempre vencido, vuestras blasfemias, vuestros crímenes no triunfarían jamás! El Corazón de Jesús os ha amado más y os sigue amando aún más de lo que jamás podréis odiarlo. Este Corazón ha muerto, ha muerto por vosotros, que no queréis  ni siquiera vivir para Él. Miradlo, pues, una vez más: está ahí en los tabernáculos, escondido, solitario, para vosotros; reza a su Padre en este momento en el que aún no estáis decididos a entregaros por entero a Él; palpita por vosotros de amor y de ternura. Comprended, pues, hoy mismo cuán ingrato es salir de aquí sin amarlo, si no tomáis la generosa resolución de ir a postraros a los pies de uno de sus ministros para entrar en gracia con Él. ¡Ah!, si hubiera un solo cristiano decidido aún a salir de aquí con el pecado en su corazón, yo os diría: «Hermanos míos, basta ya, sí, basta ya de deplorar nuestras desgracias, basta ya de quejarnos de las guerras, de las enfermedades y de tantas calamidades que nos oprimen; nuestros crímenes y pecados se las merecen». Pero no cesemos de gritar con Santa Teresa contra el mayor de todos los horrores: «El Amor no es amado».

 

Amor non amatur. Sí, profetas, secad vuestras lágrimas, dejad secarse esos torrentes de llanto que fluyeron de vuestros ojos por las desgracias con las que amenazabais a Jerusalén. Y vosotras, almas fervorosas, cesad de gemir por los tormentos, por los gritos de los condenados: Jerusalén fue ingrata, los condenados han merecido sus penas. Abrid, más bien, vuestros ojos a ríos de llanto; lágrimas de sangre no serán nunca lo bastante elocuentes para gritar a todos los hombres: «El Amor no es amado».

 

Amor non amatur. Y vosotros, que nos pregonáis la sensibilidad de vuestros corazones, que os apasionáis por un héroe de novela, que derramáis lágrimas por el relato de una aventura fabulosa, guardad mejor vuestra ternura más digna de nuestros corazones, guardad vuestros lloros y vuestros amores para el único Amor que no es amado.

 

Amor non amatur. En cuanto a nosotros, cristianos, seamos lo que seamos, no tenemos nada que discutir. Hoy la elección nos viene dada: o el amor o el infierno; sí, os lo repito: o el amor o el infierno. No hay punto medio. Quien no ama en este mundo al ser infinitamente amable, debe tomarla resolución de odiarlo en el otro; el que no se siente tocado por el amor eterno, tendrá un suplicio eterno para arrepentirse de ello.

 

(…)

 

Pero, ¿qué he hecho, Señor?, ¿a dónde me ha llevado mi celo? Hoy, aun siendo ministro de tus misericordias y de tu amor, he olvidado que no debía hablar el lenguaje de tus venganzas. ¡Ah, perdona, Señor!, los motivos de tu amor bastan a todos mis oyentes: ellos te aman y desean amarte en adelante; acaba, pues, tu obra. Sí, amor de Jesucristo, ¡cuántos torrentes de gracias fluyen en todos los corazones de los que me escuchan! Sí, Padre eterno, te presento a este Corazón ardiente de tu amor, en nombre del cual nunca se te reza en vano. ¿Acaso no lo reconoces en la herida que el amor le ha producido? ¿Acaso no serían las llamas lo bastante ardientes como para consumir nuestras iniquidades, acaso la voz de este cordero degollado no gritaría más alto que nuestros crímenes?

 

No, Dios mío, estoy convencido de ello, tú quieres perdonarnos; tú nos amas, nosotros te amamos todos. Sí, desde este preciso momento formamos una sola voz para decirte: «¡Amor por amor, vida por vida, todos nuestros corazones para Dios!» ¡Ah, estos pobres corazones, por qué no serán tan grandes como los abismos del mar para amarte con los más vivos ardores! ¡Lástima que no puedan, llenos de tu amor, lanzar palabras inflamadas sobre el tuyo como tú las lanzas sobre nosotros! ¡Que no puedan anonadarse, derretirse en tu presencia, abismarse como los de los santos en la amplitud infinita de tus bondades! ¡Que no podamos regar continuamente tus beneficios con nuestras lágrimas, prorrumpir sin cesar en sollozos, en suspiros, hasta el momento en que vayamos a amarte a nuestra patria eterna, la que yo os deseo a todos!

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