Aniversario del fallecimiento de Andrés Coindre

Nuestro Fundador, el Padre Andrés Coindre, falleció un 30 de mayo de 1826, a la edad de 39 años, en el Hospital de Blois, en Francia.

 

Compartimos un texto muy interesante, se trata de una carta “oficial”, firmada por el Hno. Borgia (Director General, mano derecha del Fundador) y otros Hermanos que ocupaban puestos de relevancia en ese momento. Evidentemente está escrita muy pocos días después de lo sucedido, así que nos permite tener una buena impresión de cómo vivieron ellos este triste momento.

 

En aquel momento su enfermedad era difícil de diagnosticar, pues carecían de los conocimientos médicos y psicológicos de la actualidad, pero como veremos asociaban sin duda su muerte a una fatiga excesiva, a un trabajo desmedido por nuestro Señor y su Reino.

 

También expresaban, de manera muy significativa, su convicción de que el Padre Andrés había sido un fiel servidor de Dios y que sin duda alguna se reencontraría con él en la vida eterna.

“Nosotros, Hnos. Borgia, director general de los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y María; Hno. Xavier, primer asistente; Hno Agustín, segundo asistente; Hno. Bernardo procurador general; Hno. Sinforiano, inspector; Hno. Mauricio, ecónomo; Hno. Gonzaga, Hno. Ignacio, Hno. Buenaventura, todos profesos. Débiles mortales, bendecimos los impenetrables decretos de Dios. ¿Quién de nosotros pretendería penetrar en sus designios? Nuestro digno Padre Superior acaba de sernos arrebatado el martes 30 de mayo pasado. ¡Ah! ¿Quién podría deplorar suficientemente esta pérdida? ¡Ya no es más nuestro buen Padre! Y les ha sido arrebatado a sus hijos espirituales, en el mismo momento en el que las circunstancias lo hacían más querido a nuestros corazones.  Contábamos… pero en vano.., que el Cielo decidiera de otro modo. Sus días estaban plenos, su término estaba acabado y el escenario de los crímenes (sic: ¿la tierra?), no debía contener más un tesoro tan exquisito. Si hay algo que pueda amenguar nuestro dolor, es que con toda seguridad, no seremos privados de volverlo a ver en la patria celestial. Reunidos un día, lo veremos triunfante, precediéndonos, cantando las alabanzas de Aquél que fue el único objeto de sus deseos, sus trabajos y sus preocupaciones. Víctima heroica del amor divino (nos lo arrebató el exceso de una tarea toda ella empleada en defensa de nuestra santa religión), lo veremos arder eternamente en aras del mismo amor. Nos ha hecho temblar la voz; tratemos de practicar exactamente sus santas orientaciones. No desmerezcamos de su espíritu de fe y de celo. El Señor bendecirá nuestros sencillos servicios y recompensará nuestras buenas obras con un céntuplo de gracias.” 

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