Aniversario del nacimiento del Padre Andrés Coindre

Hoy, 26 de febrero, recordamos el nacimiento de Andrés Coindre. Nació en Lyon y fue primero de siete hermanos de los cuales sólo sobrevivieron tres. Sus padres, después de su matrimonio en julio de 1786, se habían instalado en Lyon, en pleno barrio habitado por la nobleza. Habían llegado en el momento en que comenzaba una grave crisis social, política y económica, por lo que suponemos que sus comienzos en la ciudad no fueron nada fáciles. El cabeza de familia, Don Vicente Coindre, era sastre y tuvo que abrirse camino con grandes dificultades entre la sociedad noble del barrio en que vivía.

Dejemos que sea el mismo Andrés (por medio de una carta “apócrifa” escrita por el Hno. Ramón Luis García de España) nos cuente algo de su niñez y de los llamados que fue sintiendo en su vida:

“Viví mis años de infancia en la época de la Revolución y de la persecución religiosa. Mis padres perseveraron en su fe y con mucha precaución me fueron educando en la fe católica. Recuerdo aquellos sacerdotes que recorriendo las casas de modo clandestino, jugándose la vida, mantenían nuestra fe; recuerdo de modo especial al párroco que me bautizó y que

murió en la guillotina. En mi corazón escuchaba una voz que me decía que un día yo le sustituiría. Y así fue como a los 17 años ingresé en el seminario.

 

De entre todas las asignaturas que estudié en el mismo, la que más me gustaba era la de Sagrada Escritura y de ella hacía mi más querido y constante estudio. Un día mi profesor me dijo que tuviera cuidado de no hacer de ese estudio un simple motivo de satisfacer mi curiosidad intelectual. La Palabra de Dios, me dijo, hay que leerla con el corazón de rodillas ante el Misterio de Dios que allí se revela. Por eso decidí que iba a dedicar mi vida a la predicación de la Palabra como misionero. Cuando fui ordenado sacerdote sentía en mi corazón como un fuego por predicar esa Palabra de Dios que me había sido robada en mi infancia. La verdad es que no se me daba nada mal y a mis sermones acudía mucha gente que me escuchaban con muchísima atención. Mi carisma, estaba convencido, era la predicación, y a ella me iba a dedicar en cuerpo y alma.
Cuando me destinaron a Lyon, otro “libro sagrado” se fue abriendo ante mis sorprendidos ojos: los rostros y las voces de los niños y adolescentes que vagaban sin rumbo por las calles de la ciudad; los muchachos que poblaban las cárceles y los hospitales sin que nadie se preocupara de darles una educación. Aquello supuso un vuelco en mi vida. Yo seguía teniendo claro que mi vocación y mi carisma era la de predicador y misionero, pero una “nueva vocación”iba brotando en el interior de mi vocación. Sentía la llamada de aquellos muchachos y eso era también Palabra de Dios. Para responder a la misma, tuve que buscar personas dispuestas a educarlos y a acompañarlos. Así nacieron los Hermanos del Sagrado Corazón, mis hermanos. Yo estaría junto a ellos pero ellos serían los que responderían de la educación de esos chicos tan necesitados”.

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