De Barcelona a Amatongas, testimonio de voluntariado

Hace un mes compartíamos un artículo sobre la obra misionera que el Instituto ha abierto en Amatongas, Mozambique.

 

Una de las características de esta fundación, es que recibe voluntarios (jóvenes y adultos) de diversas partes del mundo (España, Brasil, EEUU…) que colaboran con algunas tareas concretas, al tiempo que es una experiencia fundamental en su propio camino de formación.

 

Compartimos ahora el testimonio de un grupo de alumnos y alumnas de nivel secundario del colegio de Barcelona (España), que dedicaron tres semanas de sus vacaciones de verano para realizar esta actividad de voluntariado. Agradecemos al hermano Christobal que organiza esta experiencia, al tiempo que animamos a muchos otros jóvenes a sumarse a la misma.

 

Ahora el testimonio…

MOTIVOS PARA PARTICIPAR

 

La razón por la que cada uno de nosotros decidió emprender este viaje tiene probablemente causas diferentes, pero sin embargo pienso que todos compartíamos un mismo objetivo: teníamos la ilusión de ayudar a personas que por desgracia no han tenido las mismas oportunidades que nosotros hemos tenido y tenemos.

 

Para algunos la voluntad de viajar fue prácticamente inmediata, pero a otros nos costó más tomar la decisión de tener que pasar tres semanas lejos de nuestros amigos y familiares durante el ansiado verano. Sin embargo, ninguno de nosotros duda hoy en día que la decisión que tomamos fue la acertada.

 

Y es que ahora, una vez hecho el viaje, se me ocurren miles de motivos por los cuales todas las personas que hemos crecido en países más desarrollados deberíamos conocer de primera mano cuales son las realidades y desgracias que existen en nuestro planeta para poder empatizar con estas y ayudar a las personas que las sufren.

 

Las expectativas que teníamos respecto al viaje eran las de poder sentirnos útiles y poder colaborar de manera activa en la Misión. Sabíamos que no iba a ser fácil y que íbamos a pasar algún momento duro, ya que nuestros predecesores así nos lo dijeron; pero, sin embargo, todos teníamos la ilusión de colaborar en la causa. Ahora nos damos cuenta de que cada momento duro valió la pena y todos estamos muy agradecidos de haber tenido la oportunidad de conocer la misión de primera mano.

PREPARACIÓN PERSONAL

 

En cuanto a la preparación personal, considero que esta fue básicamente mental; teníamos claro que no nos íbamos de vacaciones y que como he dicho iba a haber momentos difíciles y teníamos que estar preparados.

 

En un principio, uno de los factores del viaje que inquietaba un poco a nuestro grupo era el tema del lenguaje y comunicación con las personas de Amatongas. Sin embargo a los dos días ya empezamos a hablar con más fluidez con los internos (sobre todo) y con algún que otro grupo de niños del pueblo que solían venir a jugar con nosotros.

 

Evidentemente había temas sobre los cuales no eras capaz de hablar porque nuestras lenguas no eran lo suficientemente parecidas como para que nosotros pudiéramos expresarlo, o ellos entenderlo. Pero aun así pudimos conectar bien con la gente del internado y algunos del pueblo.

UN DÍA EN AMATONGAS

 

A lo largo de nuestra estancia en el internado hemos seguido un horario a lo largo de estos días que comenzaba a las 7.30, con un desayuno de estilo occidental en el comedor de los hermanos, generosamente preparado por el H. Chris.

 

Una vez terminado el desayuno, lavado platos y recogido el comedor, nos dirigimos hacia algunos de los locales que estábamos pintando. A estos trabajos se solían sumar unos cuantos internos que estudiaban en turno de tarde y qerían ayudar con la pintura.

 

Terminábamos nuestro trabajo un poco antes de la hora de comer para poder limpiarnos un poco y enseguida dirigirnos hacia el comedor, donde nos sentábamos cada uno de nosotros en una mesa diferente para poder integrarnos más con los internos, y fue la mejor decisión que pudimos hacer ya que el momento en que más te acercabas a ellos era durante las conversaciones de las comidas y cenas.

 

Después de la comida tenemos un tiempo libre que aprovechábamos para ir al pueblo, a Chimoio, a conocer gente; algunos jugábamos a fútbol con los internos o íbamos a correr con ellos. En estos momentos de la tarde te unías mucho con ellos y algunos de ellos se abrían a contarte vivencias personales. Este momento terminaba con la hora de cenar, que era exactamente la misma situación que en la comida.

 

En los momentos posteriores a la cena, los internos dedican un tiempo para estudiar y nosotros intentábamos ayudarles en todo lo que podíamos, hecho que agradecían enormemente. Cuando termina el estudio, a las 21.30, ellos se dirigían a sus dormitorios y nosotros aprovechábamos para reunirnos, comentar las vivencias del día, tomar algo para rellenar el estómago…

 

Nuestra ocupación del tiempo hacía que mantuviéramos una relación bastante estrecha con los internos. Evidentemente unos eran más abiertos que otros, pero en general la gente es muy cercana y muy atenta. Además con las personas de nuestra edad teníamos una relación incluso más especial que con otros internos debido a que compartíamos más cosas a pesar de la diferencia de culturas.

 

La relación del grupo con los hermanos fue en todo momento muy buena y cordial. No pasamos mucho tiempo con los hermanos pero el tiempo que estábamos con ellos, especialmente las comidas del domingo, eran situaciones agradables y divertidas.

VALORACIÓN PERSONAL

 

Como experiencia personal fue inmejorable. El hecho de que unos alumnos de Barcelona que lo tienen todo se enfrentasen durante tres semanas a nuevas experiencias fue alucinante. No dejábamos de aprender cosas durante nuestra estancia: desde que pisamos el suelo mozambiqueño en el aeropuerto de Maputo y nos dirigimos hacia el poblado de Amatongas (a través de aquellas deficientes carreteras que atraviesan el país) hasta el momento de la despedida.

 

Aquel mes de julio inolvidable nos aportó mucho personalmente. Cada uno de nosotros reflexionaba al ver sus reacciones ante su paupérrima realidad. Aquellos jóvenes (de la misma edad que nosotros) afrontan la vida de forma totalmente diferente y se tienen que enfrentar a situaciones impropias para su edad.

 

Escuchar aquellas historias familiares y personales de cada uno de ellos (cada cual más sorprendente y escalofriante) te hacía pensar sobre tu realidad, te obligaba a pensar lo injusta que es la vida, dando tanto a unos y tan poco a otros muchos tantos. Te hacía reflexionar también sobre su curioso planteamiento vital; en vez de hundirse en su miseria, lo veían todo con ojos positivos la gran mayoría de ellos. Esa fuerza que les permite seguir adelante, con sus estudios, muchos sin sus familias cerca de ellos y con un futuro muy negro es lo que nos hacía mirarlos con admiración. Nos hizo crecer personalmente.

 

Nos llevamos a grandes personas de esta experiencia. Tanto a los hermanos, que realizan una labor espectacular en cuanto a coordinación y ayuda a los jóvenes, como a éstos. Esa relación de convivencia 24 horas con los internos se tradujo a una relación a distancia con algunos de ellos, a través de redes sociales (Instagram, Whatsapp,…). Las nuevas tecnologías nos permiten saber más de ellos, aunque no de todos.

 

A nivel de crecimiento personal es una experiencia muy recomendable y más a un grupo joven.

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